miércoles, 13 de mayo de 2009

CODIGOS DE UNA FIESTA OCHENTERA

En los carretes de los años 80 había signos que lo identificaban como tales. Y, por ende, los hace inolvidables para quienes dieron forma a esas particulares muestras de distensión juvenil, vulgo fiestas… disculpe, se decía carrete (de esos años viene ese término, no es de las tribus urbanas de los albores del siglo XXI) Por de pronto, comenzaban temprano… por aquello del toque de queda. A lo más, la citación era a las 19.30 horas. Puntos de carretes masivos eran las discoteques Gente y Eve, en el sector oriente de la capital; y la nunca bien ponderada Gelatería Baruffino’s, vulgo Gelatta, ubicada en el paradero 6 de la Gran Avenida donde todos los viernes y sábado se llevaban a cabo muchas fiestas comerciales de colegios para recaudar dinero con miras a las giras de estudio y graduaciones. Por ende, había que reservar el local con la debida anticipación. Sin embargo, centraremos nuestro análisis en los carretes que se organizaban en la casa de un compañero para invitar a un curso de colegio femenino. El rito indicaba que había que enviar una carta, firmada por el Presidente de Curso, dirigida a su homónima del expresado colegio de chicas para formalizar la invitación. Posteriormente, el día de la celebración, generalmente, las lolitas llegaban en patota (patota: grupo, derivado de pandilla) en el auto del papá de una de las chicuelas. Ya reunidos todos, ellos se ubicaban a un lado y ellas, en el otro. Casi como dos bandos frente a frente, esperando el inicio de la batalla. Ese era un momento clave: todo dependía de un valiente que se adelantara dos pasos para sacar a una de las lolas para bailar. Eso era un trámite, porque la damisela no se negaba… salvo que el tipo fuera muy feo y ella tuviera estómago unido al orgullo para decir que “no”. Al son de canciones como “Mister Roboto” de Styx, “That’s Good” de Devo o “Don’t Go” de Yazoo se comenzaba a romper el hielo. Tácitamente, todos los bailarines se movían igual… vale decir, meneándose de derecha a izquierda y viceversa. El que protagonizara un punto de inflexión, con algún salto o giro en el aire se llevaba los aplausos… y de paso, juraba que se estaba luciendo ante quien oficiaba de pareja en esos momentos. Si te interesaba la chiquilla con la que estabas bailando, en la segunda canción que bailaban consecutivamente te armabas de valor para que en el tercer tema hicieras la primera pregunta inteligente de la noche: “¿Cómo te llamai?…” Ese momento era clave, porque si la lolita sonreía ibas bien y te aseguraba una canción más para bailar con ella. Con la cuarta canción como telón de fondo, venía la segunda pregunta inteligente de la noche: “¿Qué edad tenís?...” Aunque parezca de perogrullo, esta interrogante era crucial. Porque para un adolescente no era lo mismo pinchar con una minita de 12 que una lola de 14. Era mucha la diferencia.

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CÓDIGOS DE UNA FIESTA OCHENTERA (Segunda parte)

Ahora bien, podía haber una tercera pregunta que resultaría crucial y con la cual le moverías el esquema a la chiquilla: “¿Practicai algún deporte?…” Claro, no era lo mismo decir que jugabas fútbol, porque todos los hacen, que decir que jugabas hockey-patín, golf o rodeo. Eso te podía diferenciar de los demás.
La jugada final era el lento, conocido en esos años como “blús”. El sólo hecho de invitar a la damita a bailarlo le daba una impronta de romanticismo al momento. “¿Querís bailar conmigo este blús?...” Ternura al máximo. Aquí tenías que aprovechar los minutos en que duraba la canción para abrazarla y decirle cosas bonitas al oído. Por eso, el temón de Bonny Tyler titulado “Total Eclipse Of The Heart” venía de perillas (de perillas: excelente) porque duraba 5 minutos y 29 segundos. De esos minutos dependías si te daba el teléfono para seguir el cortejo en los días siguientes. Y en una de ésas, terminar en pololeo.

Guitarras y baterías. A todo lo anterior, en la segunda mitad de los 80 se agregó un fenómeno que era inherente a todo carrete. Cerca de la medianoche, la mayoría de los varones sacaba el guitarrista que llevaba dentro, extendiendo el brazo izquierdo y moviendo el derecho a la altura del pecho (obviamente, si era zurdo la posición de los brazos cambiaba) dando a enteder que era un símil de guitarrista. Se agregaba a esto saltos varios y ojos cerrados para dar cuenta que estabas en éxtasis… y de paso, impresionar a la chiquilla con la que danzabas. Un buen porcentaje de quienes practicaban esos movimientos hoy la gozan con el Guitar Hero en el Play Station.
Más aún, con el éxito del grupo argentino GIT en donde resaltaban los sonidos de la batería de Willy Iturri, la guitarra imaginaria fue reemplazada por una batería imaginaria donde el dedo índice de la mano izquierda se movía velozmente, mientras que la mano derecha simulaba golpear una caja marcando el ritmo. Y la chiquilla con la que bailabas, miraba.
Hoy todo eso ha desparecido, porque con esto del reggetón los adolescentes ahora no preguntan si quieren bailar. Simplemente, dicen “te voy a darte la dura…” No hay duda, eran mejores los tiempos de antes.

jueves, 7 de mayo de 2009

RICK SPRINGFIELD

Un cantante que estaba en las preferencias de mi época de adolescente era el australiano Rick Springfield. Famoso por sus canciones como Jessie’s Girl, de 1981, o Love Somebody, de 1984.
La primera vez que oí de él fue en una serie de dibujos animados que pasaban a fines de los 70 llamada Misión Mágica, en donde aparecía como mono animado de pelo largo, acompañado de un búho, y que guiaba a un grupo de estudiantes, encabezados por la Profesora Tickle y su gato Tut Tut, a través de un pizarrón hacia mundos con improntas sicodélicas
A principios de los 80 apareció en su faceta musical, con los éxitos que nombré más arriba. Sobre todo Love Somebody, perteneciente a la banda sonora de la película Hard to Hold (traducida aquí con un original El Amor de un Ídolo) que se exhibió en nuestros cines en el 84. El filme era muy malo, pero dicha canción era lo único que salvaba.
Ahí se ve la dualidad de Springfield, al dársela también de actor. Su papel más destacado fue el del doctor Noah Drake en la serie Hospital General. Y también tuvo una breve aparición en el primer capítulo de Galáctica, Astronave de Combate. Encarnaba a Zac, el hermano menor del Capitán Apolo, y que en su misión inicial de patrullaje era pulverizado por los cylones. A lo mejor, le estaban diciendo entre líneas que se dedicara mejor a la música.

VISITA A UNA EXPOSICIÓN MUY, MUY LEJANA

Fue un sueño cumplido. ¡Me saqué una foto junto a R2D2 y C3PO! ¡Sí, los mismos de las películas Star Wars!¡Gracias a Dios por favor concebido!
Sucede que apenas supe que habría una exposición con reliquias originales de la película -que me marcó desde que la vi en un ya lejano, lejano 1978 en el antaño Cine Toesca, ahí en Huérfanos- me preparé para ir. Incluso, logré calzar el presupuesto mensual para comprar las entradas.
Bueno, en mis archivos personales son intocables para el resto de mi familia, aparte de mis discos, los VHS y DVD de las seis películas, comics, libros, etc. Y condenado está el que se acerque porque activo mis escudos y lo derribó tal como un caza X lo hace con un caza imperial Tie.
Pues bien, preparé a todo mi clan para que me acompañara bajo el argumento de tener un día familiar. El único que disfrutó totalmente conmigo fue el Antonio chico, hijo de tigre no más. El también es adicto a estas historias, y cuando no viste esa pinta de regggetonero que no me gusta mucho se calza unas poleras con las imágenes de Yoda y de los Stormtroppers. O sea, parecemos maestro jedi y padawan. Y siempre hacemos el show aquel cuando le digo “Yo soy tu padre”, y él grita “Nooooooooo…” como Luke en El Imperio Contraataca.
La Karina y la Nicole fueron porque después iban a aprovechar de pasar al mall a hacer ejercicio de vitrineo. Y el Felipe se unió a ellas, o sea al Lado Oscuro, para ver si su mamá le compraba un juego para el Play Station.
Bastó que ingresáramos al salón de exhibiciones y fue un orgasmo galáctico. Mi cámara digital tenía suficiente memoria para sacar fotos. ¡La aproveché al máximo! El Toño chico, mientras tanto, hizo gala de sus conocimientos tratando de hacerse el lindo con una lolita que oficiaba de anfitriona y que vestía como una de las damas de honor de la Senadora Padmé Amidala. Felipe miraba, preguntaba pero nada más. Y mi par de brujas cuchicheaba entre ellas.
“A ver, ¿qué comadrea el parcito?”, pregunté
“Es que papá… estamos mirando tu cara, pareces niño chico”
“Le contaba a la Nicolito que cuando nació querías bautizarla como Leia. Y yo te tuve que parar el carro ahí mismo en la clínica…”
“Ah sí, me acuerdo. ¿Y no quieres qué hagamos otra guaguita y le ponemos Amidala…?”
“Mi amor, ¿cómo me dices esas cosas delante de la niña?”,
me respondió la Karina sonrojada. Nicole sólo reía…
Para mí y el Toño chico fue notable lo que vivimos. Nos tomamos fotos al lado de todos los escaparates, sobre todo en el de Darth Vader. Pero después, lamentablemente, vino la Venganza de los Sith porque madre, hija e hijo menor exploraron todo el mall en busca de no sé qué. En cambio, padre e hijo del medio se entregaron a la reflexión para no cansarse con tanta caminata, disfrutar la comida chatarra en el Patio de Comidas y conectarse con el lado luminoso de la Fuerza…

SOY EL CIUDADANO ANTONIO RAFAEL PARDO ARANCIBIA

Mis padres me tenían adoctrinado desde hacía mucho tiempo. Me decían de vez en vez “hijo, apenas cumplas los 18 años te tienes que inscribir en los Registros Electorales. Porque después, cuando busques pega, te van a pedir ese dato”.
Registros Electorales, palabra nueva para los de nuestra generación ya que crecimos bajo el alero del Caballero. A lo más, tuve la suerte de que en el colegio ejerciéramos el derecho a voto para escoger Presidente de Curso y Presidente del Centro de Alumnos. Y los Registros Electorales vendrían a ser las listas que había en los libros de clases.
Pero ese 1988 iba a ser especial. En octubre sería el plebiscito y yo estaba en la fecha límite para inscribirme. Así que dos días después de cumplir los 18 años, con un carrete de miedo, partí al Registro Electoral.
Pensé que iba a estar lleno, una fila larga esperando. Al contrario, lo que más había era aire. Ingresé a una sala y había una mesa larga donde estaban tres personas. Me pregunté en qué se entretenían mientras esperaba que alguien se apareciera.
Saludé como Dios manda y mis padres me enseñaron.
“Vengo a inscribirme”, les dije
“Que bien. ¿Me presta su carnet?”
Le entregué el documento y vino el comentario coyuntural.
“Ah, cumplimos 18 años hace poco no más. Me imagino cómo estuvo la fiesta”
Me quedé en silencio, pero que la habíamos pasado espectacular en mi cumpleaños lo habíamos pasado espectacular. Es que esa sensación de que ahora podía sacar licencia de conducir e ir al cine para ver películas para mayores de 18 es difícil de explicar.
Tras firmar un par de libros, me devolvieron el carnet y la persona que estaba al medio de las tres me dijo: “Felicitaciones, ahora usted es el ciudadano Antonio Rafael Pardo Arancibia. Lo esperamos en octubre para que vote”.
¿Ciudadano? ¿Y qué era antes, entonces? ¿Un ninguneado? ¿Un perdedor? ¿Un NN? ¿O sea, todos los que votábamos en el colegio éramos ciudadanos y no estudiantes? Mira tú, mi vida había agregado una nueva denominación: ciudadano.
Ahora bien, cuando regresaba a mi casa me pregunté, tras recordar lo que había escuchado en el casette pirata de Coco Legrand en el verano anterior: “En octubre es el plebiscito… entonces, ¿el SÍ es para qué se quede y el NO para qué no se vaya?”. Hasta el día de hoy lo escucho y me río… porque corrió solo y llegó segundo… oj… oj… oj…

miércoles, 6 de mayo de 2009

“MI AMOR, SOMOS TÍOS-ABUELOS”

Me avisó la Karina por la tarde al celular. “Mi amor, somos tíos-abuelos”, me dijo. ¡Tíos abuelos! ¡Aún no cumplo los 39 años y ya soy tío-abuelo! ¡Sí, soy tío-abuelo!
La situación es la siguiente: hace ya 22 años, estamos hablando de 1987, mes de abril, a la Comunidad Juvenil que nos preparábamos para la Confirmación llegó una chiquilla nueva. Yo, para variar, estaba con la guitarra practicando cuando esta lola, de tez mate, se me acercó y me preguntó: “¿Te gusta Silvio?”
Quedé helado, porque con suerte en mi repertorio incluía alguna canción de Víctor Jara. Pero de ahí a tocar Silvio Rodríguez, a lo más “El Unicornio Azul” y pare de contar.
“¿Estás loca?”, le repliqué… y dos segundos después estábamos ambos muertos de la risa.
Era la Raquel, y congeniamos de inmediato. Se integró muy bien al lote, que nos reuníamos todos los sábados. Tan amigos, que un día martes me fue a buscar al colegio. Era bizarro eso, porque por primera vez nos veíamos de uniforme escolar, sin nuestros vestuarios de jeans o camisas rayadas con las que nos topábamos los fines de semana.
“¿Y qué onda? ¿Qué haces aquí?”, pregunté.
“Es que venía a invitarte a mi cumpleaños, lo voy a celebrar este viernes. ¿Vienes?”
“Ya po”
Si hubiera existido en esa época el chat o el celular, la Raquel no habría realizado tremendo viaje desde su colegio, en el paradero veintitantos de Gran Avenida, al mío que estaba en el 7. También invitó a mis compadres In y Loco Rayado.
El caso es que fuimos, llegamos, saludamos a la cumpleañera y no pasaron ni dos minutos cuando la Raquel me susurró algo: “Mi amiga te quiere conocer”
“¿Qué amiga?”

Me la señaló con un guiño en la mirada.
“¿Cuál?”
“La Karina”
“¿Y quién es Karina?”
“Ella poh”
“¿Quién poh?”
“La de ojos claros…”

La miré y ahí mismo me enamoré. Era quien hoy es mi esposa. En resumen, la Raquel nos hizo el gancho. Creo que le debo algunas velitas por este favor concedido.
El caso es que la Karina es una de las mejores amigas de la Raquel. Y mi mujer fue una de las pocas que la acompañó cuando Raquel quedó esperando a su hija mayor apenas salieron del colegio, en ese año 87. Esa chiquita fue bautizada como Valeria.
¿Ustedes conocen el término deja vu? Para los que no lo conocen, significa en forma somera “algo que se repite”. Pues bien, en la vida de Raquel hubo un deja vu: su hija, esa bebita que nació en septiembre del 88 veinte años después también encargó un bebé.
Para variar, mi mujercita reverdeció su amistad con la Raquel visitándose y conversando sobre el asumir este papel de abuela tan joven (porque los estudiosos dicen que en el mundo de hoy, una persona con 40 años aún es considerada joven. Menos mal). Y de paso, me tocó a mí también porque la Karina me salió con que seríamos tíos-abuelos.
No le había tomado el peso a esa denominación hasta la llamada de hoy de mi señora. Tío-abuelo. ¿Tan viejo estoy?... ¿Tan rápido ha pasado el tiempo?... me preguntaba esto una y otra vez mientras mi mujer me decía que mañana iremos al hospital a visitar a la Valerita.
¿Qué diré? ¿Algo típico como “y pensar Valeria que te tuve en mis brazos y ahora tengo a tu bebé”? A propósito, fue varoncito y lo llamarán Miguel Esteban.
Tío-abuelo… lindo el título que tengo ahora. Me miré al espejo y parecía que las canas que tengo en la barba destacaban aún más, que habían aparecido arrugas en mi cara, como que me sentí débil. Algún achaque por ahí. En fin, soy tío-abuelo. Notable.
Estaba pensando lo que significa todo esto cuando mi hija me vino a dar el beso de las buenas noches. Y no pude evitarlo: de inmediato pensé que mi princesita, la luz de mis ojos, mi regalona, uno de mis tesoros más preciados algún día me hará abuelo… ¡Pero todavía no!... ¡Mínimo, en 15 años más!... Es que quiero disfrutar un buen rato a mi sobrino-nieto…incluso, hasta podría escribirle una canción…

martes, 5 de mayo de 2009

SLEDGE HAMMER!

Debe ser el defensor de la ley más bizarro que ha tenido una serie de televisión. Se trata de Sledge Hammer!, un sitcom que parodiaba las producciones de policías y cuyo personaje principal, el inspector Sledge Hammer adoraba la violencia activa.
Transmitida por TVN, en su señal de Canal 7, a fines de 1988 y principios de 1989, nos mostraba el particular estilo de Hammer, cuya muletilla era “confía en mí, sé exactamente lo que hago”. En Estados Unidos tuvo sólo dos temporadas, entre 1986 y 1988, totalizando 41 episodios.
Respecto al personaje, el único objeto de su devoción era su inseparable pistola Magnum 44, a la que incluso le hacía cariño como una mascota. Con una impronta de humor negro, se refería a los criminales como “mutantes con muerte cerebral”.
Su contraparte era su compañera Dori Doureau, siempre apegada a la ley y enamorada en secreto de Hammer. Pero él, con suerte, la valora por su trabajo porque su machismo no le permitía mirarla como una mujer.
Entre los rasgos de la personalidad de Sledge Hammer destacaba el hecho que le gustaba pasar sus vacaciones en El Líbano (hoy le fascinaría un tour por Irak y Afganistán), creía que la pena de muerte era muy benigna porque siempre existe la posibilidad de la reencarnación, como buen divorciado hacía bromas a costa de su ex esposa, sólo le temía a la Paz Mundial y utilizaba un “ensordecedor” en su Magnum 44 que era lo contrario a un silenciador.
Como para tenerlo de amigo…

¡QUIÉBRATE CON EL BREAKDANCE!

Yo seguía con mi curso de guitarra, con el firme objetivo de formar mi grupo musical y así tener locas a las minas. Estaba sacando unos acordes en mi pieza cuando un día sábado de fines de mayo de 1984 apareció en las pantallas de “Sábados Gigantes” (me refiero al de verdad, no al remedo que pasan hoy) un dúo que bailaba como robot, casi como quebrándose. Don Francisco los presentó como Pavón y Clemente, y dijo que bailaban… ¡breakdance!
Estos dos hacían unos movimientos que me dejaron con la boca abierta. Se revolcaban en el suelo girando, unían sus manos y como que una corriente los recorría. ¡Era algo que nunca había visto! Este par, que después se supo eran portorriqueños radicados en el barrio del Bronx, habían llegado a nuestro país para difundir este baile y una película que, justamente, se llamaba “Breakdance”. ¡Era el baile de moda!
Qué movimientos a lo Michael Jackson… qué meneos monotemáticos para bailar en los carretes… qué blus para engrupir… ¡había qué aprender breakdance! O si no, ninguna chiquilla nos pescaría…
Yo trataba de hacer alguno de sus movimientos, pero nada. Lo peor es que en uno de esos intentos hice un giro no sé cómo que terminé con un parche León pegado en la espalda.

Terminé rindiéndome cuando me invitaron al cumpleaños de una amiga, y uno de los invitados dejó el pandemonium con la danza: hizo todas las movidas que se veían en la tele. Le faltó poco para sacarse la cabeza, dejarla en la mesa e irse caminando como robot. Las minas que asistieron a ese carrete cayeron derretidas en sus pies. Y yo, bien.
Además, había que grabar como sea la canción que bailaban Pavón y Clemente en la tele: Blue Monday de New Order. Si contaba con un casette con ese tema, tendría la mitad de la atención en las fiestas. Llamé a la radio Concierto, a la Carolina, a la Galaxia, a la Naranja, a la Tiempo para que tocaran esa canción. Que la tocaban, la tocaban. El problema es que justo cuando yo encendía la radio, no la tocaban.
Me resigné, totalmente. No quería nada con el breakdance. Visionariamente, me dije que iba a pasar muy pronto de moda. Y así fue: a pesar de que después apareció un dúo parodiando a Pavón y Clemente, que se llamaron Guatón y Buen Diente, a fines de ese año poco o nada quedaba del bailecito. Así que no tuve más necesidad de comprar parche León.

EL PRIMER AMOR

El domingo pasado, después de vivir mi jornada matinal de Play Station 2 con mi hijo menor (recuerden aquello de que jugar Play fomenta la unidad familiar), subí a la mansarda para ordenar una caja que mi señora había encontrado.
No me acordaba de este bulto hasta que lo abrí… ¡Estaban mis cuadernos del colegio!... Reconocí el de Filosofía de Cuarto Medio, en el cual hay más dibujos que enunciados porque, francamente, lo que pensaran los antiguos griegos me daba lo mismo…
También estaban mis certificados de Básica… y mi cuaderno de Castellano de Séptimo. No sé por qué comencé a hojearlo y me reencontré con algo que me emocionó… ¡La primera canción que escribí! ¡Era Verano del 82!
Ahí estaban los intentos de versos intactos de un preadolescente que estaba despuntando…
En el Verano del 82 tuve mi primer amor…
Fue un amor platónico ya que ella en mí no se fijó…
Mi vida un tiempo marcó, en mi mente vagó…
Su imagen hermosa que mi ser nunca olvidó…
Me consideró un buen amigo más de eso no pasó…
Creo que sufrí un poco porque en otro tipo se fijó…
Cuando no la vi más su amor ya no me importó…
Mas tiempo después mi mente la recordó…
Aún recuerdo aquellos días…
¿Si la encontrara otra vez?...
¿Qué haría frente a ella?...
¿Amiga?... ¿Reconquista?... Qué se yo…
Todo esto pasó en el Verano del 82…
Recordé quien me había inspirado a escribir esto cuando yo estaba a punto de cumplir los 12 años. Ella se llamaba Ana María, tenía 11 años y lucía ojos verdes hermosos… ¡igual que la Karina! (Se me sale el macabeo...) El caso es que esta chiquilla la conocí en ese 1982. Fue en febrero, cuando mi padre nos inscribió junto a la Lorena y Rodrigo en un campamento de verano por 10 días que organizaba la empresa donde laboraba mi viejo.
Fue así que partimos hacia un lugar llamado Palomar, cerca de San Felipe. Éramos casi 40 mozalbetes de entre 10 y 16 años. Con mi hermano, tímidos en esa época, nos costó un poco meterle conversa a algún otro cabro ya que no conocíamos a nadie. En cambio, la Lore (debo reconocerlo: ella tenía su arrastre en esa época. Ahora que está rellenita, no sé si tanto…) ya tenía a dos perlas detrás de ella. Yo, como machito que se precia de tal, les ponía mala cara a esos muchachos cuando no me gustaba cómo se acercaban a mi hermana mayor.
El caso es que al segundo día del campamento yo estaba desayunando un tazón de leche con galletas con mermelada cuando una niña se me acercó, y dulcemente me dijo: “Oye, mi hermano dice que está muy linda tu hermana”. La miré y por primera vez en mi vida sentí eso que llaman cosquillas en la guata. Era ella, la Anita María. Me puse rojo y todos se dieron cuenta. No faltó quien se rió burlonamente. ¡No hallaba dónde meterme!
A partir de ahí, me enamoré. Y en mi inocencia de niño en sus últimas estaciones como tal antes que comenzara la metamorfosis adolescente, cuando rezaba en las noches le pedía a Dios que me ayudara a conquistar a ese pequeño primor.
Yo trataba de llamarle la atención para que ella me tomara en cuenta. Hubo una competencia de perseguir a uno de los tíos encargados del paseo, que se suponía era un escurridizo bicho, en el cerro. Y yo corría como loco para agarrar esa presa saltando todos los arbustos que se me cruzaban en el camino mientras corría cuesta abajo. Pero ella no se percataba de nada. Para colmo, al cuarto día supe, por intermedio de los cahuines de cabros chicos, que a la Anita le gustaba otro niño: un tal Gabriel, un rubio medio creído (creído: altanero, soberbio).
Cuando ya me comenzaba a entristecer porque me sentí derrotado en estas lides del amor, me llegó una ayuda impensada justo cuando con todo el grupo nos fuimos a acampar por tres días en un sector llamado San Roque: una de las tías encargadas, la Luisa -y que tenía mucho cariño-, movió influencias y cuando el conglomerado se dividió en dos logró que el tal Gabriel se fuera en un lote, y la Anita María conmigo en el otro. Cuando íbamos con nuestro grupo al sector asignado cerca de un riachuelo, la tía Luisa me guiñó el ojo y me dijo: “Ya, Toñito. Dale no más”. Sonreí.
Ahí aprovechamos de conocernos un poco más con la Anita. Me trataba de lucir delante de ella cargando leña para la fogata o hablándole de las constelaciones de estrellas en las noches (la verdad, es que con suerte yo identificaba a la Cruz del Sur pero las circunstancias comenzaron a sacar el grupiento que va conmigo).
Sin embargo, en los últimos días me resigné a que no pasara nada. El tal Gabriel la había flechado. Y yo, como buen pequeño caballero, me hice a un lado. Pero en la última noche, cuando se armó una suerte de fiesta de despedida, Anita María me llamó a un lado. Me miró y me entregó una pequeña nota. “Esto es para que no olvidemos este verano”, me dijo. Era un dibujo donde había un Sol en el que se leía “Nunca te olvidaré”. Y mientras yo miraba este dibujo, me dio un beso en la mejilla izquierda. ¡Quedé loco!
Al día siguiente, cuando volvimos a Santiago nos despedimos de lejos, con un saludo de mano. Nunca más supe de ella, la protagonista de mi Primer Amor, ése Amor de imberbe. Hasta el domingo pasado, cuando encontré la letra de esta canción que escribí en marzo de ese año y que formó parte del repertorio de El Andrajoso Tigre. Que bello verano fue ése el de 1982…
PD: Gracias a Dios, de los perlas que andaban detrás de mi hermana tampoco más se supo.

domingo, 3 de mayo de 2009

¡ME ENGUATÉ CON DULCINOS!

Hace poco le pregunté a Felipe qué compraba en los recreos con la plata que le damos diariamente... aparte de la colación que tiene que llevar con esto de que ahora la jornada es larga cuando en mi época, a todo reventar, salíamos un cuarto para las 2 de la tarde.
En fin, recordé cuando estaba en Quinto Básico, en 1980, que por sólo 10 pesos (haciendo la proporción, vendrían a ser unos 130 pesos de hoy) podíamos comprar en el kiosko del colegio una bolsita que traía diez calugas Dulcinos. Estas eran las típicas calugas cuadradas, pero su gracia era que venían envueltas en papel de diverso color dependiendo de su sabor. Así, las calugas que veían en papel verde eran de manzana… las de rojo, frutilla… y las amarillas, vainilla.
Un día, con mi compañero de banco, el Mono Baltierra hicimos una apuesta. El asunto era simple: cada uno se compraba su respectivo paquete y teníamos que comernos todos los calugones en la clase de Matemáticas, sin que se diera cuenta don Guido, el profe.
Hecho el pacto, comenzamos con el desafío. Mientras el maestro hablaba y rayaba números en el pizarrón sobre fracciones y mínimas expresiones, abrí la primera caluga, una verde, y adentro… punto para mí…
Fue el turno del Mono… una caluga roja, adentro… empate 1-1…
Seguí yo, ahora con una amarilla… adentro… 2-1 a mi favor…
El Mono estaba apenas con su primera caluga cuando yo me eché la tercera, una roja… gano 3-1…
Cuando yo ya me había tragado cinco, Baltierra recién iba en la segunda… y cuando trató con la tercera, no dio más…
Yo seguía una tras otra, como para humillar a mi rival demostrando que era más macanudo (bakán en los léxicos actuales) que él…
El noveno calugón iba directo a mi boca cuando vino el violento punto de inflexión…
“¡Pardo! ¡No se puede comer en clases! ¡Asi que afuera!”
Don Guido me había sorprendido en el acto y no tuve derecho a réplica. Salí de la sala con la cabeza gacha, signo de que no había logrado mi propósito.
Así que no hallé nada mejor que sentarme a esperar que terminara la hora de Matemáticas. Pero cuando recordaba que en la tarde tenía que estudiar para una prueba de Ciencias Sociales, comencé a sentir un severo dolor estomacal. Las calugas Dulcino habían posibilitado un efecto secundario que no estaba en mis cálculos.
Decidí aguantar, como hombrecito. Me dije que cuando llegara a mi casa haría lo que tenía que hacer. Pero más pudieron mis músculos estomacales y batiendo el record de velocidad logré llegar al baño. Lamentablemente, cuando los dolores ya estaban pasando me di cuenta de que no había papel… ¡No había papel en el baño del colegio! Tuve que apelar a unos papeles furtivos que traía, por suerte, en mi bolsillo que me sacaron de esa urgencia.
Después de todo lo que viví esa mañana, después de -en forma literal- enguatarme con Dulcinos, saqué una lección que con los años se la he traspasado a mis hijos. La moraleja es muy sencilla: nunca dejen de llevar un puñado de papel confort adónde vayan… porque en los baños no hay un escaparate con un rollo protegido por un vidrio y que diga “Romper en caso de emergencia”.

sábado, 2 de mayo de 2009

MI HERMANA SE ENAMORÓ DEL PATO YAÑEZ

Si algo he logrado con mis tres hijos es que me acompañen al estadio, sobre todo cuando juega la Selección Chilena. Sólo aplico la filosofía que tenía mi padre: la familia que va al estadio unida, permanece unida. Mi señora no es muy asidua a estas excursiones, así que aprovecha esas horas para juntarse con sus amigas.
El caso es que desde hace unos meses se ha repetido un suceso que se ha encarnado en las generaciones de los Pardo. Mi hija, que con sus 15 años está en el capullo para convertirse en una hermosa mariposa… ¡está enamorada de Alexis Sánchez! Sí, el delantero de la Roja. Y compra cuanta revista donde aparezca el Niño Maravilla.
Lo curioso es que quien le fomenta esta afición no es la Karina, sino que mi hermana mayor, la Lorena. Todo estalló cuando estábamos tomando onces porque la Lore vino a visitarnos con mi sobrino, el Ignacio… que con 10 años es un clon de mi hijo Felipe, ya que no se desconectan del Play Station 2 ni con recurso de amparo…
Bueno, el caso es que justo cuando yo preparaba mi segundo pan de mantequilla con mermelada, mi favorito, mis mujeres comenzaron a intercambiar sus particulares gustos futboleros.
“Tía, ¿viste la foto qué le tomé a Alexis Sánchez desde la tribuna?”
“Sí, con esto de las cámaras modernas las tomas como si estuvieras al lado”
El Antonio chico me imitaba y también se armaba un pan con mantequilla y mermelada.
“Oye Karina, ¿y a ti no te gusta ningún futbolista?”
“Ninguno, cuñada. Me quedé en el tiempo del Coto Sierra…”
“¿Y a ti tía, quién te gusta?”
Bastó que yo escuchara eso y me puse en alerta. Sobre todo, tras el suspiro de la Lore.
“Ahhhhh… hasta el día de hoy me encanta el Pato Yáñez…”
Antonio chico me miró y dijo: “Papá, a la tía le gusta que le…”
“Epa. Cuidado con lo que vas a decir”,
le paré en seco
“¿El Pato Yáñez?... ¿El qué comenta en la tele?”
“Sí, sobrina. El mismo. Ahora con esas canas está más rico…”
No me hacía gracia lo que escuchaba. Porque me acordé lo que sucedió ese domingo 7 de junio de 1981. Día nefasto en mi existencia. Estábamos mi papá, mi mamá, mi hermano Rodrigo y la Lorena en la pieza de mis viejos viendo el partido de Chile con Paraguay, por las Eliminatorias al Mundial de España. Mi padre, futbolero, hacía sus comentarios en voz alta.
“Estos están puro ratoneando… si no fuera por Osbén, nos golean…”
Hasta que llegó ese minuto 25 del segundo tiempo. Interceptó Gustavo Moscoso… tiró el pase al vacío… arrancó Patricio Yáñez, seguido de Juan Bautista Torales… el Pato le sacó ventaja… el arquero Ever Almeyda dudó antes de dar un paso… el Pato le pega a la pelota con el pie derecho… GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL… GOOOOOOOOL DE CHILE… los gritos de Pedro Carcuro en la tele eran el telón de fondo de nuestros gritos en la pieza. Yo, como un niño que idolatraba a todos esos jugadores, ya comenzaba a soñar con ver en el Mundial a mi equipo. Que en inglés dijeran “Chile”. Que nuestros futbolistas se codearan con los mejores del mundo. Que mino más rico. ¿Qué mino más rico? Mi hermana había dicho eso. Bastó que enfocaran al Pato Yáñez para que la Lorena… ¡se enamorara de él!
Mi madre, siempre comprensiva, le avivaba el asunto contando que ella, cuando lola, le gustaba Tito Foullioux. No podía creer lo que yo estaba escuchando. ¡Estaban mancillando el templo del fútbol con comentarios sobre la facha de los jugadores!
Eso fue el inicio de todo, porque la perla de la Lore me sacaba mis revistas Estadio para recortar las fotos del Pato Yáñez y pegarlas en su Diario de Vida. Y ahora estoy viendo que eso se repite con la Nicole. Menos mal que el Antonio chico no es tan fanático del fútbol, así que me evitaré problemas de que discutan por una foto o algo así. Y el Felipe sigue preocupado de su Play Station.
El caso es que ese 7 de junio de 1981 el gol del Pato Yáñez cambió mi vida. No sólo porque Chile clasificó al Mundial, sino que también mi hermanita mayor mostró sus verdaderas intenciones. Tan así, que al año siguiente cuando me faltaba sólo la lámina de Yáñez para completar mi álbum del Mundial desapareció en forma ilógica. Estaba seguro que yo la había conseguido en el colegio, al comprarla por 100 pesos… una fortuna en esa época.

Un año después, cuando nos cambiamos del departamento a la casa donde hasta hoy vive mamá, encontré ese mono entre los libros de la Lore. Fue ahí que aprendí a controlar mi enojo para evitarle problemas gratis a mis padres. Y a entender que cuando a una mujer le gusta un futbolista, huele a peligro.

viernes, 1 de mayo de 2009

MI FIEL ATARI 2600

Debo admitirlo: hay días domingo que son nefastos para mí (tal como decía el personaje de Don Goyo en el sketch aquel de Sábados Gigantes) porque mi hijo menor, el Pipe, me va a despertar a las 8 de la mañana para hincharme diciendo “Papi, quiero jugar Play… ¡Papi, quiero jugar Play!...”
Mi señora aporta con un “peladito, no seas malo con Felipe. Es
la única ocasión que comparte todo el día contigo”. Ante esas palabras, no me queda más que levantarme, conectarle el Play Station 2 en la tele del living y jugar con él algunos partidos del Winning Eleven o ver cómo destruye monstruos y centuriones en el Spartan. Total, estudios científicos dicen que padres e hijos que juegan Play Station juntos tienen una mejor relación. Seguro que a esos científicos sus hijos nunca han ido a despertarlos a las 8 de la mañana un día domingo.
Que yo recuerde, nunca le hice eso a mi padre cuando teníamos el nunca bien ponderado Atari 2600. El fiel Atari. Fue el mejor regalo que recibí de mis viejos cuando cumplí 13 años. Quien tenía Atari en el curso significaba avanzar unos pasos en el desarrollo tecnológico mundial. Lo mejor es que te daba cierto status ante el resto de los compañeros, ya que sólo te relacionabas con lo que disponían de esta cajita para intercambiar juegos. Además, te permitía invitar a tus amigos a la casa para pasar toda una tarde jugando, matizada por la especial once que te preparaba tu mamá aprovechando las visitas de turno... porque la verdad sea dicha: tenían que ir amigos o compañeros del colegio para que, aparte del pan, se comprara en la panadería dulces como conejos, berlines o colegiales. Y así, los forasteros a tu hogar no se iban pelando que los atendieron mal.

Pero no nos desviemos del tema que nos compete, el fiel Atari. Él era una caja pequeña, con una superficie donde veían los comandos. Al medio de dicha superficie estaba la abertura donde se metía el catridge (nótese el término) o casette, como decíamos vulgarmente. Hacia cada lado de dicho espacio había tres pequeñas palanas, con las que se manejaba el juego. De izquierda a derecha, sus funciones eran las siguientes: la primera era el Power, vale decir, era la que encendía el juego. La segunda, la TV Type, para ajustar el juego a tele en colores o blaco/negro; la tercera, Left Dificulty, la que le agregaba dificultad en el juego al jugador número 1 (player one como dicen los niños de hoy. Ubícate poh); la cuarta, Right Dificulty, para la dificultad del jugador número 2 (player two, para que estemos en onda); la quinta, Game Select, para ecsoger una de las variedades de juego que traía el catridge; y Game Reset, para confirmar el juego elegido y comenzar con los disparos, desplazamientos y demases. Tan simple como eso, no había más filosofía que excursionar.
Mi favorito era el Space Invaders, un clásico. Sobre todo por el sonido ambiente que lo inundaba más el ritmo con que avanzaban los invasores para aplastar el cañón que uno manejaba con el joystick. En esa época también me gustaba el Pac Man, más si en esa época bailábamos una canción dedicada al cabezón amarillo aquel, que se llamaba “Pac Man Fever” y que interpretaban Buckner & Garcia. Mi hermano estaba vuelto loco con el Combat, el catridge que venía de regalo cuando uno compraba su Atari. Claro, le gustaba porque siempre me ganaba en el disparo tanque a tanque, con barreras incluidas.
Lo curioso es que las figuras de todos los juegos eran todas cuadradas, de acuerdo a la definición del programa. Claro, ahora pareciera que con los juegos de videos actuales uno maneja hombrecitos con diseños muy específicos. Como que esos tiempos del Atari sus figuras reflejan lo que era ese tiempo. No es que hayamos sido todos “cuadrados”, simplemente eran los avances de la computación que nos sorprendía a todos. Y con eso nos bastaba.
Por último, ni el Commodore, una tremenda consola de marca Phillips, ni el computador personal Sinclair, que era una caja chica y plana de color negro, le llegaban a los talones a mi Atari 2600. Ni siquiera el Play Station 2, aunque mi hijo menor insista lo contrario.